El seguro que nunca quisiste contratar

Ahí va una vez más. Tu teléfono suena y en el identificador de llamadas aparece el nombre de esta persona que hace más de dos semanas se presentó contigo como “asesor profesional en seguros”. Esta vez decides darle la oportunidad para de una vez por todas quitártelo de encima. Efectivamente, la persona aparece en tu oficina a la hora pactada y te habla de todos los beneficios de contratar un seguro. Tú intentas evadir la compra pero al final terminas firmando el documento por convicción del asesor. Te entrega un par de documentos y te explica cómo funciona tu plan. Tú haces como que lo escuchas por respeto y, por fin, te liberas de esta persona, al menos por un año hasta cuando el plan se necesite pagar de nuevo.

Contrato firma

El tiempo pasa y todo parece funcionar sobre ruedas, tienes un buen ingreso, una linda familia, un gran automóvil deportivo, vacaciones cada seis meses. No te puedes quejar. Seis años han pasado desde que contrataste el seguro que ahora reposa en el fondo de uno de tus cajones de la oficina. Cada año tu asesor se comunica contigo para recordarte pagar el seguro, el cual representa una suma de dinero importante pero por alguna razón lo sigues pagando, esperando que venza el plazo acordado y recuperes tu inversión.

Un día acudes al médico para revisarte ese fuerte dolor en el pecho que tuviste la semana pasada. El medico manda hacerte análisis y estudios para determinar la causa. La siguiente semana vuelves al consultorio del doctor, un poco nervioso, debido a la llamada que te hizo hace un par de horas para citarte. No parece nada sencillo debido a la expresión de seriedad en el rostro del médico. Sin más preámbulos te da la mala noticia: el cáncer ha invadido una parte de tu cuerpo y es bastante grave. De hecho se encuentra en fase terminal. Te quedas helado. Lo demás que tiene que decir el doctor parece no importar. Tu mente esta en blanco.

Al llegar a casa no sabes si platicarlo con tu familia o esperar para otro día. El siguiente mes recibes una llamada de tu asesor recordándote el pago de la séptima anualidad de tu seguro. Le comentas sobre tu enfermedad y que este año no podrás realizar el pago debido a que has dejado de trabajar y los gastos se han incrementado bastante. “No se preocupe por el dinero, de hecho el seguro puede adelantarle una parte de la suma asegurada que contrato” ¿Qué? Nuevamente te quedas helado, pero esta vez sin poder dar crédito a lo que tu asesor ha dicho. Efectivamente, después de juntar unos papeles y unos días de espera, recibes un depósito por más de 500 mil pesos de parte de la aseguradora. No puedes creerlo, el seguro que durante seis años de tu vida te quitó tanto dinero, ahora te está sacando de un apuro. Has podido pagar tus terapias, medicinas e incluso ese magnífico viaje que tenías esperando desde hace mucho tiempo. Has planificado con tu asesor que el dinero restante del seguro será para la educación de tus hijos y el bienestar de tu esposa.

Ahora más que nunca te has aferrado a la vida. Nunca antes habías deseado estar tanto tiempo con tu familia. Ahora que todo parece estar resuelto, pase lo que pase, es cuando más deseas ganar la batalla. Tus familiares se han enterado de tu caso e incluso le has conseguido nuevos clientes a tu asesor. No dejas de platicar de las maravillas que tu seguro ha hecho por ti. Muchos de tus amigos se burlan de ti diciendo que ahora tú pareces el vendedor. Solo sueltas una carcajada cada que esto se repite. No sabes cómo agradecer a esta persona que un día se presentó a tu oficina como asesor, no sabes sí estrechar su mano o darle un fuerte abrazo.

La idea es que ganes la lucha. La idea es que venzas al enemigo. Pero, a pesar de que esto no pase, sabes que tu misión como padre está hecha, a pesar de que no estarás, sabes que tus hijos recibirán una educación de calidad y tu esposa jamás sufrirá porque algo falte en casa. Lo has logrado. Sin querer, lo has logrado.

 Alberto Cortés Bolio

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